La Obra PoéticaDeJuan Ramón Jiménez | ||||
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2. Trayectoria poética2.1. Visión generalAunque por motivos pedagógicos se divida la obra en etapas y se muestren las características de cada una de ellas, son imprescindibles unas consideraciones previas a la hora de efectuar dicha división. En Juan Ramón Jiménez, vida y obra vienen a ser una misma identidad. Él no habla de su poesía, sino de su Obra, con mayúscula, y comparando su labor con la de un dios. Creía en la unidad total de toda su producción, y para él “crear” era cumplir con su destino humano; más aún: era lo único que daba y podía dar sentido a su vida, que justificaba y salvaba al poeta en sus momentos más críticos. Él mismo dijo: “La obra, como la vida, se resuelve sucesivamente.” Hablaba de sucesión o de obra en marcha, y así, en efecto, hay poemas que se convierten en constantes, se repiten con cambios en una vida y obra que son transición permanente; otros, en cambio, desaparecen en su obra posterior. Hay un aforismo del poeta que muestra claramente esta imposibilidad de dividir su obra en libros o períodos: “Libros, no; Obra.” Y así es, efectivamente; Juan Ramón Jiménez tiene siempre presente su obra entera y, además, hay otro aspecto que da unicidad a todo su sistema poético: su rigor estético, su sentido de “obra bien hecha” que presidió siempre, como cualidad esencial, su trabajo, que —no lo olvidemos— es la máxima justificación, por no decir la única, de su vida. El proceso evolutivo de su obra está marcado por una fuerte tendencia a la interiorización y por una búsqueda incansable y casi enfermiza de la expresión desnuda, hacia una poesía pura que sea capaz de dar forma a sus inquietudes y experiencias íntimas. Sentada esa unidad global de su obra, hay que tener presente su evolución poética, con unas constantes (como la soledad y su sentido de perfección estética) que le llevaron en una primera época al cultivo de unos valores líricos elementales, con predominio del sentimiento, para, posteriormente, mostrar en su obra un deseo de plenitud o ansia de eternidad y, por último, un intento de penetrar en las cosas para remontarse a lo abstracto. Hay unos textos de Juan Ramón Jiménez que han ayudado a dividir su obra en fases o periodos. Didácticamente, el más conocido es el poema 5 de Eternidades: Vino, primero, pura, vestida de inocencia; y la amé como un niño. Luego se fue vistiendo de no sé qué ropajes; y la fui odiando sin saberlo. Llegó a ser una reina, fastuosa de tesoros... ¡Qué iracundia de yel[1] y sin sentido! ... Mas se fue desnudando. Y yo le sonreía. Se quedó con la túnica de su inocencia antigua. Creí de nuevo en ella. Y se quitó la túnica, y apareció desnuda toda... ¡Oh pasión de mi vida, poesía desnuda, mía para siempre! Pero este poema ofrece dificultades insalvables y, por tanto, sólo parcialmente puede considerarse válido: no recoge ni Nínfeas ni Almas de violeta, libros profundamente modernistas y que el poeta dejó a Villaespesa en 1900, cuando volvió a su pueblo natal; el poema es, además, de 1918, lo cual significa que no pudo recoger la poesía que siguió creando durante cuarenta años más. Los tres primeros versos se refieren, seguramente la la poesía simplemente sentida, sin que haya llegado aún la necesidad de su expresión literaria.Después, con el Modernismos, los elementos ornamenrtales: “Luego se fue vistiendo / de no sé qué ropajes; / y la fui odiando sin / saberlo. / Llegó a ser una reina, / fastuosa de tesoros...”, merecen la reprobación y el desprecio de su autor. Cuando va depurándose, despojándose de adornos inútiles, de nuevo empieza a entusiasmarle: “Y se quitó la túnica, / y apareció desnuda toda...” Es entonces cuando el poeta cree que ha llegado a su meta: “¡Oh pasión de mi vida, poesía / desnuda, mía para siempre!”. Juan Ramón sentía un deseo tal de perfección que nunca quedaba totalmente satisfecho al terminar un poema; "soy un metamorfoseador sucesivo y destinado", decía el mismo. Ello le lleva a corregir sin cesar sus versos, a revisar y transformar los libros ya publicados. Cuando preparaba una edición compiladora de su Obra, dividida por géneros, realizó diversos cambios en muchos de sus poemas. Antonio Sánchez Romeralo ha llevado a cabo una edición antologizadora de la poesía juanramoniana siguiendo los proyectos del propio autor: Leyenda (desde 1896 hasta 1956). En ella aparecen ya las nuevas versiones de los distintos poemas recogidos. Los cambios realizados responden a ese afán de depuración y sencillez que hemos señalado como una característica de la poesía madura de este escritor. La soledad, como se ha visto, es uno de los puntos de unicidad de todo el sistema poético de Juan Ramón Jiménez, de lo cual él era totalmente consciente, tal como puede mostrarse cuando, a instancias de Gerardo Diego (1932), para su famosa Antolojía Poética, intenta mostrar cómo su evolución va presidida siempre de este sentimiento y nos da la síntesis ideal siguiente: “1. Influencia de la mejor poesía «eterna» española: predomina el Romancero, Góngora y Bécquer. Soledad. 2. El Modernismo, con la influencia principal de Rubén Darlo. 3. Reacción brusca a una poesía fundamentalmente española, nueva, natural y sobrenatural, con las conquistas formales del modernismo. Soledad. 4. Influencias jenerales de toda la poesía moderna. Baja de Francia. Soledad. 5. Anhelo creciente de totalidad. Evolución consciente, seguida, responsable, de la personalidad íntima fuera de escuelas y tendencias. Soledad. 6. y siempre. Angustia dominadora de eternidad. Soledad.” De todos modos, la mayoría de los críticos están de acuerdo en tomar su esquema de Animal de fondo a la hora de dividir su obra: Ã Primera época o sensitiva: 1898‑1915. Ã Segunda época o intelectual: 1916‑1936. Ã Tercera época o verdadera: 1937‑1958. I. Primera época o sensitiva: Cabe señalar en los primeros años la particularidad de Ninfeas y Almas de violeta, producidos en clave modernista no totalmente asimilada: Darío, Villaespesa, los Machado y Valle-Inclán le dedican poemas y artículos y le proponen títulos para sus libros. Pero se trata de una poesía que se vale aún de muchos tópicos de época sin darles un tratamiento particular: la mujer, el alma y los paraísos artificiales —escondidos tras imágenes como la sombra, el lago, el hombre enlutado y misterioso, el jardín y la carne— abundan en los versos de sus primeros libros. Luego, un periodo de predilección por la sencillez formal, motivado por la “influencia de la mejor poesía eterna española, predominando el Romancero, Góngora y Bécquer”, pero también del simbolismo (especialmente Verlaine), ligado biográficamente a su hospitalización en Francia. Finalmente, tras la primera época de euforia decadentista —que suele situarse de 1900 a 1907—, Jiménez no oculta su preferencia por el alejandrino desde Elegías hasta Melancolía (1908-1911), en el que halla el mejor medio dialéctico posmodernista: se trata de juicios autocríticos para descubrir los elementos que ha aportado el Modernismo para abordar el problema de la creación. En esta primera etapa abundan impresiones sensuales y un sentimentalismo reiterativo que se manifiesta en una atmósfera tenuemente musical, melancólica y vaga, en medio de un paisaje silencioso y sensorial, con gran énfasis en la coloración y el elemento pictórico. La descripción espacial y de lo externo sirve al poeta casi siempre como reflejo de su propio estado de ánimo o de su postura ante la vida y, por extensión, ante el arte. II. Segunda época o intelectual: Se suele señalar como factor determinante para el cambio de estética tanto la vuelta a la capital como el conocimiento de Zenobia y, además, la influencia de José Ortega y Gasset con quien había entramado amistad ya en el lejano año de 1902, más la confluencia ideológica motivada por el panorama intelectual de la época. Había surgido una nueva camada de escritores que pretendía abordar con profesionalidad lo que el fin de siglo había intentado con demasiado “lloriqueo”: la convergencia de España con la Europa contemporánea mediante la adopción de criterios modernos y antipesimistas. De esto resulta un gradual abandono del psicologismo paisajístico anterior para entrar al terreno metafísico expresivo, lo cual, a su vez, altera radicalmente la relación yo-mundo en la poesía juanramoniana. Si de la etapa primera destacábamos la importancia de lo pictórico, ahora los referentes reales interesan en la medida en que sirven como elementos de un sistema simbólico superior. Tanto los Sonetos como Estío dan cuenta de la evolución hacia la poesía sencilla en el lenguaje y la forma pero a la vez problemáticamente intelectual en el fondo que culminará en el Diario de un poeta reciencasado, que además se abre a las nuevas estéticas vanguardistas tempranas. La anécdota estructural externa del diario de viajes es trascendida a la búsqueda interior, no del alma modernista, sino de la famosa “intelijencia” que se preguntará por la realidad profunda, divina y perenne que se esconde tras lo obvio y material, denotado en títulos posteriores como Eternidades, Piedra y cielo y La realidad invisible. En todos los casos, la conclusión es una afirmación de la palabra poética como salvación del yo y del mundo en un eterno presente contra el que nada puedan ni el tiempo ni la muerte. Las antologías Poesía y Belleza inauguran, además, el concepto de “Obra”, cuyo uso ulterior quedará asociado a la ansiada totalidad y unidad de sentido. III. Tercera época o verdadera: Es en los últimos poemarios, que tuvieron una gestación mucho más pausada, donde se define no sólo la ambición estética, metafísica y religiosa de Juan Ramón, sino donde además resulta imposible separar su estética de sus particulares afanes religiosos y de su metafísica. La estación total se plantea como el canto plácido del yo poético tras presentársele el todo, que tanto había perseguido en la etapa anterior, en forma de conciencia plena de creación, en abstracto, y de la obra, en concreto. Como consecuencia, el yo poético llega a la certeza de que la muerte no supone un fin, sino una refundición con el todo. Así, siendo “visionario” y profeta de lo divino, pretende salvar su conciencia individual a través de la obra poética en la que se refleja. Animal de fondo unido después a Dios deseado y deseante son los libros más representativos de esta etapa. A esta última, según testimonio de Aurora de Albornoz[2], solía referirse como “suficiente” o “verdadera”. Su importancia como poeta es extraordinaria porque es un gran descubridor y forjador de nuevas posibilidades expresivas. Fue capaz de crear recursos lingüísticos y estilísticos inexplorados hasta entonces. Con ello abre caminos a los jóvenes poetas de la generación del 27, que se acercaron a él atraídos por su gran prestigio, como a un verdadero maestro. Con algunos de ellos convivió en la Residencia de Estudiantes, aún muy joven, en sus primeras visitas a Madrid. Toda su inteligencia, su sensibilidad, su vida entera, la dedicó casi exclusivamente a lo que él llamaba «la Obra». Esta actitud de encierro en su “torre de marfil” lo apartó ciertamente de los problemas de la sociedad española. Pero no siempre: Su actitud en defensa de la República, firmando manifiestos, haciendo declaraciones públicas en la radio, albergando en su casa a niños huérfanos, lo que le llevó a la ruina y a tener que marcharcharse con su esposa a los Estados Unidos, en donde se le había ofrecido trabajo como profesor de español así lo confirman, como veremos más adelante. |
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Juan Ramón Jiménez Retrato de E. Sala
Casa de
Fuentepiña, donde la familia pasaba
Juan Ramón Jiménez
Juan Ramón Jiménez, por Daniel Vázquez Díaz
Juan Ramón Jiménez | ||||||||||||||||||||||||||||
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Estudios y Recursos Literarios |
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