Zenobia Camprubí

Estudios y Recursos Literarios

 

     © José Antonio Serrano Segura

 

  

 

Malgrat de Mar, ciudad natal

De Zenobia Camprubí

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Monumento a la escritora en Malgrat

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Zenobia Camprubí y Juan Ramón

Jiménez en el día de su boda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Zenobia por el escultor

Alberto Germán Franco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En Puerto Rico, con su esposo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escultura por Jordi Coll en Malgrat

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El matrimonio en su casa de Puerto Rico

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 1. Biografía de Zenobia Camprubí Aymar

Zenobia Camprubí Aymar, nacida en la localidad catalana de Malgrat de Mar en 1887, contrajo matrimonio con Juan Ramón Jiménez en 1916, convirtiéndose desde ese momento y hasta su fallecimiento, 40 años más tarde, en compañera inseparable y decisiva colaboradora del poeta en todos sus proyectos literarios.

Hija de una familia culta y adinerada, tenía dos hermanos varones mayores que ella. Su madre, Isabel Aymar Lucca, de padre norteamericano y madre de ricos ascendientes corsos, afincados en Puerto Rico; y su padre, Raimundo Camprubí, ingeniero de caminos, canales y puertos, afincado en Barcelona y oriundo de Pamplona, se casaron en Puerto Rico, país al que Zenobia estuvo unida toda su vida. Después de la boda, la pareja se instaló en Barcelona. En esa provincia, en la citada localidad costera del Maresme nace Zenobia.

A los nueve años, viaja a Estados Unidos con su madre, en proceso de separación, lugar en el que residirá hasta 1909. Por eso, cuando regresa a España, la llaman «la americanita». Allí había comenzado sus estudios universitarios en Columbia, asistido a actividades culturales y clubes de mujeres. Había entrado en contacto con el feminismo americano, había viajado sola, había leído a los clásicos españoles e ingleses y había seguido un curso sobre literatura.

Desde su adolescencia, empezó a escribir cuentos en castellano y en inglés, y a desarrollar sus dotes literarias. Pronto se interesa por la obra del poeta y pensador indio Rabindranath Tagore, a quien tradujo años después al castellano a partir de las prosificaciones en inglés que realizó el propio Tagore.

Entre 1909 y 1910 estuvo en La Rábida. Allí improvisó una escuela para enseñar a los niños de la aldea, escribió artículos que envió a diversas revistas norteamericanas y, sobre todo, se aficionó a la poesía popular española.

Desde 1910 Zenobia vivió en Madrid. Allí se relacionó fundamentalmente con norteamericanos, ya que le angustiaba no poder moverse sola con libertad, hasta que conoció a Susan Huntington, que dirigía el Instituto Internacional de señoritas, donde se alojaban extranjeros que asistían a los cursos de verano que se organizaban.

Asistió a numerosas conferencias, pero sólo podía hacerlo acompañada de un matrimonio norteamericano, los Byne. Este matrimonio organizaba fiestas y en ellas escuchó hablar de un arisco y extraño poeta huésped de la residencia que se quejaba del ruido, pero que pegaba el oído a la pared cuando oía la risa de Zenobia, a la que entonces no conocía. Zenobia conoció a Juan Ramón Jiménez en 1913, en una de esas conferencias celebradas en la Residencia donde él trabajaba.

El conocimiento de Zenobia transformó en muchos sentidos la vida de Juan Ramón Jiménez. La influencia del pensamiento de esta admirable mujer, a la vez independiente y sumisa, de poderosa personalidad y frágil, fue determinante en muchos aspectos en la visión del poeta.

 Ni a Zenobia ni a su madre, Doña Isabel, les gustaban los versos de Juan Ramón: les parecían insulsos y desprovistos de acción e inútiles.

 Cuando salió Laberinto, en 1913, “Juan Ramón se apresuró a darle un ejemplar a Zenobia. A ésta le disgustó el libro, cuya sensualidad rayaba en lo erótico. En su opinión, Juan Ramón no podía hacerle a nadie ningún bien con ese libro y aunque le parecía un desacato que se lo hubiera prestado, consideraba mayor desacato que lo hubiera escrito”.

 Sabemos que era una mujer con un sentido muy práctico y contrapuesto al sentido ideal de la vida de Juan Ramón. Por los testimonios que hay, la renuncia de Juan Ramón a ciertas dimensiones de su vida y de su poesía fue sincera y supuso una depuración de su experiencia personal y de su creación literaria para aproximarse al ideal de la mujer a la que amaba.

 Graciela Palau afirma: “Juan Ramón amó a Zenobia de un modo profundo, apasionado que sólo su obra podía expresar. Por quererla cambió el rumbo de su poesía, la depuró, se depuró y llegó al concepto de la poesía desnuda”.

  Este cambio comenzó con una hermosa historia de amor que, aunque con altibajos, concluiría no con la muerte de Zenobia, sino con la de Juan Ramón que la llevó en su corazón hasta el último instante de su vida.

  Desde el principio de su matrimonio, Zenobia fue una mujer sencilla, ocupada en las tareas del hogar y muy atenta a todas las actividades culturales de su tiempo. Música, teatro, pintura, ballet,... todo era del interés de Zenobia. Fue administradora, secretaria, enfermera, relaciones públicas, ama de casa. Fue la artesana del diseño de la vida del poeta. Si ella no hubiera organizado su vida, el poeta hubiera caído en una de sus crisis infernales. Y este mundo no se organiza sin un amor compartido.

Ella perteneció a un marco social en el que la mujer estaba relegada a un segundo plano. Muchas autoras y creadoras de su época debían firmar sus trabajos con los nombres de sus maridos o nombres ficticios si no querían que fuesen censurados.

  Para muchos, Zenobia es el caso más representativo de estas mujeres voluntariamente en la sombra. La imagen de una Zenobia inteligente, culta, pero sobre todo alegre y fuerte, “salvadora” del poeta perdido, evadido, empezó a construirse desde su muerte.

  Zenobia conocía muy bien cuál era en aquel momento la posición de la mujer que escribía y cuáles sus horizontes. Sabía que la única posibilidad que tenía de escribir era seguir su diario, es decir, dedicarse a la faceta “privada” de la escritura porque a la “pública” ya se dedicaba Juan Ramón. Él es el que escribe y ello impide que Zenobia pueda entregarse a otra actividad literaria. Varias veces manifiesta su deseo de hacerlo, y no sólo por el gusto de escribir, también para ganarse la vida. Pero nunca se decide.

  Ella se ocupa de todo, de la salud física y mental de poeta, de que sus artículos lleguen a tiempo a las revistas en las que Juan Ramón colaboraba, de las excusas en caso de que no llegaran. Ella estaba junto a él en su creación literaria y dentro de dicha creación, que no hubiese sido la misma sin ella.

  La propia Zenobia reconoció en uno de sus diarios que sin ella “el pusilánime, hipocondríaco, depresivo y neurasténico poeta se habría hundido en un pozo sin fondo (...), pero el día en que juntó su destino con el mío, cambió ese fin. Después de todo, yo soy en parte dueña de mi propia vida, y Juan Ramón no puede vivir la suya aparte de la mía. Y yo no acabo de ver ningún ideal que valga el arrojar una vida, pese a todo lo que se proclama. En esta empresa nuestra, yo siempre he sido Sancho”.

En 1916 se casa con el poeta (diez años mayor que ella) en Nueva York. A partir de este momento, la vida de Zenobia se centró en dos aspectos: llevar adelante actividades socialmente comprometidas (en 1919, por ejemplo, funda en Barcelona la asociación “La Enfermera a Domicilio”, una especie de servicio social clínico sin fines lucrativos) y apoyar a su esposo (será su traductora, correctora de estilo, secretaria, agente…). Su ambición no residía en la literatura, sino en alcanzar un ideal e hizo de Juan Ramón Jiménez una razón de su vida.

Se puso al frente de pequeños negocios que compensaran los problemas económicos del matrimonio, templó el ánimo de su marido, alentó su pluma… y sorteó problemas tan importantes como abandonar España dignamente tras el estallido de la Guerra Civil.

En agosto de 1936 el matrimonio inicia un periplo en el que recorrerán Cuba, Estados Unidos, Buenos Aires y Puerto Rico, donde Zenobia trabajó como profesora en la Universidad de Río Piedras. En 1951 se somete a una operación de cáncer en Boston. En 1954 se instalan en Puerto Rico, porque Juan Ramón no soporta los EE.UU. Zenobia no sólo deja atrás una vida intelectualmente interesante, sino también la posibilidad de someterse a un buen tratamiento en caso de que reaparezca la enfermedad, cosa que ocurre.

Zenobia morirá el 28 de octubre de 1956, en la Clínica Mimieya de Santurce, Puerto Rico, dos días después de que su esposo recibiera el Premio Nobel de Literatura.

Al recibirse en Moguer la noticia de muerte de Zenobia, el mismo día 28 de octubre, que era domingo, la corporación municipal celebró una sesión extraordinaria en la que se acordó en primer lugar nombrar Hija Adoptiva de Moguer a Zenobia Camprubí, solicitándose además al Ministerio de la Gobernación la autorización correspondiente para el nombre de Zenobia Camprubí a la calle de las Flores.

El entonces alcalde de Moguer, Juan de Gorostidi, cursó al poeta en la mañana del lunes 29 un telegrama con el texto “todo Moguer comparte tu dolor por el fallecimiento de Zenobia” y, ya por la tarde, la corporación volvió a reunirse acordándose, por un lado, la celebración de un solemne funeral que tendría lugar el 5 de noviembre y, por otro, suspender todos los festejos organizados en señal de júbilo por la concesión del Nobel a Juan Ramón Jiménez.

Juan Ramón Jiménez le sobrevivió dos años, y en la actualidad los restos de ambos se encuentran en Moguer, en el Cementerio de Jesús.

2. Zenobia y el nacimiento del feminismo en España

Zenobia Camprubí está considerada como una de las primeras grandes feministas de España, miembro destacado del Lyceum Club Femenino junto a Victoria Kent, desde el que reivindicó constantemente una mayor presencia de la mujer en todos los ámbitos de la sociedad. Entre sus muchas iniciativas de carácter humanitario, destacaron varias campañas a favor de los niños españoles víctimas de la Guerra Civil, realizadas desde su residencia en Nueva York.

A imitación del resto de Europa, al final de la Gran Guerra en nuestro país nace una preocupación minoritaria por el papel de la mujer y hacia 1920 surgen agrupaciones, como la “Asociación Nacional de Mujeres Españolas”. En general son asociaciones con fines educativos y de promoción social, más que sufragistas. Les preocupa el acceso de la mujer a la educación, obteniendo estudios y puestos de trabajo mejor remunerados de los que podía acceder hasta entonces, relegadas básicamente al servicio doméstico y la agricultura. El acceso al ejercicio del magisterio, la entrada en la Universidad, el desempeño de nuevas profesiones “femeninas”, como enfermeras, modistas, peluqueras, etc., van abriendo lentamente la puerta a un nuevo modelo de mujer que se desmarca de su papel tradicional familiar.

Dentro de este movimiento hay que citar la aparición en 1926 del “Lyceum Club” de Madrid, a imitación de los ya existentes en otros países europeos. Aquí se integra la avanzadilla más calificada del feminismo español: María de Maeztu, Victoria Kent, Zenobia Camprubí... Pretenden conseguir la reforma del Código Civil en aquellas leyes que otorgan a la mujer un trato distinto y discriminatorio respecto al del hombre en las mismas circunstancias, lo que las lleva a ponerse del lado de los nuevos partidos progresistas y liberales. Su actitud da pie a numerosas críticas irónicas de una sociedad machista que, sin embargo, empieza a respetarlas en razón de su trabajo serio y de su ejemplo moral y competencia profesional, lo que lentamente va dando paso a un reconocimiento generalmente aceptado en los partidos de centro y de izquierda.

3. Obras

Lo que dejó escrito Zenobia Camprubí fue:

·           Traducción al castellano de los escritos de Rabindranath Tagore, algunas junto a Juan Ramón.

·           Juan Ramón y yo (1954)

·           Diario I. Cuba (1937-1939)]

·           Diario II. Estados Unidos (1939-1950).

·           Diario III. Puerto Rico (1951-1956).

De su actividad en el mundo de las letras, sobresalen las primeras traducciones al castellano de la obra de Rabrindanãth Tagore y su constante difusión de la cultura y la lengua españolas, especialmente en los ambientes literarios de Estados Unidos, desde su puesto de profesora en la Universidad de Maryland.

4. El Diario

El diario de Zenobia es una lucha con ella misma en la que logra mantener un equilibrio entre las experiencias de su vida exterior y su vida interior.

Zenobia empezó a llevar un diario de muchacha, viviendo en Nueva York, en la tradición puritana impuesta por su madre para adquirir conciencia de sus responsabilidades. Asumió de nuevo la escritura de un diario al casarse con Juan Ramón en 1916, también en Nueva York y lo mantuvo hasta el regreso a España. Estos textos carecen casi de ideología y son mayormente relatos de sus muchas actividades sociales en los Estados Unidos y de los trabajos pesados, por razones económicas, al instalar su primer piso en Madrid. El diario del exilio es de otra índole, en él Zenobia se enfrenta con su destino, el de su marido, y el de toda una nación, España, y en él se revela la mujer entera, que es en parte una mujer de letras.

A la edad de catorce años, Zenobia Camprubí empezó a publicar en inglés, en la conocida revista de niños St. Nicholas Illustrated Magazine for Boys and Girls, de Nueva York, que premiaba los mejores trabajos escritos y los publicaba en una sección especial.

De los catorce a los dieciséis años, le publicaron a Zenobia cuatro cuentos breves. De los veintiuno a los veintitrés, dos crónicas y un estudio crítico sobre la pintura de Sorolla. También vieron la luz en prestigiosas revistas estadounidenses.

La traducción de la obra de Tagore del inglés al español fue hecha por Zenobia, existen suficientes pruebas en los archivos juanramonianos que indican que Juan Ramón «revivió» las traducciones de Zenobia y las hizo poesía suya. Su habilidad como traductora se puede apreciar en los manuscritos de los archivos juanramonianos, las correcciones del poeta van escaseando según adelantan las traducciones. Como ha dicho Willis Bamstone, conocido traductor al inglés de grandes autores hispanoamericanos contemporáneos, un traductor de poesía puede ser un modesto poeta o puede no ser poeta sino en la traducción, pero como el poeta, el traductor se ejercita en su arte con el tiempo.

Zenobia escribió en Cuba en inglés el diario que abarca desde la Guerra Civil, entre los años 1937 a 1939 y que nosotros hemos traducido. Cuando los Jiménez llegaron a La Habana a fines de noviembre de 1936, la isla con un alto componente de inmigrantes españoles vivía pendiente del conflicto armado de España. La Habana era puerto de llegada o de paso de los exiliados de la Guerra Civil, intelectuales muchos de ellos, que daban conferencias y se declaraban a favor de la causa republicana.

Algunos que pasan por La Habana son vistos por Zenobia según su actuación interesada o desinteresada, su egoísmo o generosidad para con los otros exiliados, según lo que dicen o no dicen de la Guerra Civil o de España. El comentario sobre la llegada de Fernando de los Ríos a La Habana, es buen índice de la opinión de Zenobia hacia algunos exiliados y del momento de solaz en el medio de su angustia que un gran hombre podía proporcionarle a ella y a Juan Ramón:

Pensé ir al Stadium a oír el discurso de Femando de los Ríos, pero debido a nuestra carencia de fondos decidí oírlo por radio. J. R. y yo estábamos sobrecogidos, porque fue un verdadero discurso sobre nuestra España, no sobre esas lunáticas Españas modernas que nos sirven con salsa antiespañola y que nuestro paladar rechaza vivamente. J. R. hasta se llevó el pañuelo a los ojos. Corrimos al hotel a abrazarlo... Fernando de los Ríos estaba de un gran humor y él y J. R. evocaron a Don Francisco Giner en particular, después a D. Gumersindo Azcárate, Cossío, Rubio... Cuando le hablaron a F. de los R. de la colección de canciones populares de Lorca que cantaba La Argentinita tarareó con oído musical exacto «Anda jaleo jaleo» y nos dio la letra de muchas canciones populares. Contó hasta más no poder cuentos de la gente del campo, y J. R. afectado y estimulado por una igual corriente le provocaba a cada momento. Fue una noche animadísima (18/12/38).

De estos momentos hay muy pocos en el diario de los años de la Guerra Civil.

Decía Zenobia en julio 8 de 1937, que tenía el alma en vilo esperando las noticias de España, éstas les llegaban por cartas, por radio, por el periódico, por los inmigrantes, los refugiados o los oficiales del gobierno republicano destinados a Cuba. Zenobia iba a ver los noticieros cinematográficos y a través de todas estas fuentes ella y Juan Ramón vivían las angustias de la tragedia española: el bombardeo alemán de Almería, la caída de Santander, el bombardeo de Madrid de 1937, el bombardeo de la zona residencial de Barcelona. Los bombardeos aéreos afectaban horriblemente a Juan Ramón y las noticias llenaban de pavor a Zenobia, hasta decidir que no quería volver a España. Cualquier buena nueva era una fiesta. Al saber, el 18 de noviembre de 1938 que el vapor Erica Reed, portador de ayuda y alimentos para España, pudiendo haber sido hundido, llegó sin accidente, Zenobia, que tenía un gran dominio de sus emociones, deja oír su voz gozosa en el Diario:

El Erica Reed llegó sin accidente ¡Gracias a Dios! Dos barcos insurgentes lo pudieron haber hundido y no lo hicieron, ¡gracias a Dios! Gracias a Dios porque llegó el alimento y gracias a Dios porque parece que un sentimiento de piedad, además del temor de enfurecer a la opinión pública americana tuvieron algo que ver con que escapara.

Expresiones de gozo como éstas no abundan en el diario de la Guerra Civil; al contrario, la tristeza por lo que pasa en España muy a menudo irrumpe en el autodiálogo. El 23 de mayo de 1938 Zenobia fue a ver la película Amapola del camino en la que se utilizaba, sin permiso, el poema de ese título de Juan Ramón.

Tenían la esperanza de poder alegar y así sacar una pequeña suma que reparara en algo su menguado capital; pero, como otras veces, el drama de la Guerra Civil, no la necesidad propia, pasa a primera plana como puede verse por las frases con que termina la escritura de ese día:

Por la tarde fui a ver Amapola del camino y verifiqué que no sólo copiaron el título de J. R., sino que la canción-tema es suya y el estribillo del coro final es una repetición de la misma... Pero lo que me llamó la atención y me dolió en el alma fue una escena del noticiero: los refugiados españoles cruzando la frontera y no eran las mujeres y los niños los más trágicos ni los milicianos atiborrándose alegremente después de haber pasado hambre, sino la figura de un hombre, probablemente un sargento o un oficial que en absoluta desesperación pasó frente a la cámara, sin darse cuenta de ello. Desesperado por lo que había dejado detrás, pero más por lo que le esperaba. ¡Si hubiera podido estar allí para ayudarlo!

Zenobia interpreta el sentimiento ajeno poniéndose en el lugar del miliciano; pero ya ella y su marido habían sentido en la propia carne la mayor de las tragedias de la Guerra Civil, la muerte en el frente de un ser querido.

El 23 de marzo de 1938 se enteraron por carta de Eustaquio, el hermano de Juan Ramón, que su hijo, Juan Ramón Jiménez Bayo, sobrino-ahijado del poeta, había sido herido. Juan Ramón y Zenobia le tenían un amor entrañable desde niño; huérfano de madre, le costeaban parte de sus estudios y lo habían tenido con ellos en Madrid. La zozobra, sin tener más noticias hasta el 13 de abril, es patente en las páginas que median del diario. Juanito, como lo llamaban, había muerto en el frente de Teruel el 15 de febrero de 1938, atravesado por los cascotes de un proyectil enemigo. Tenía veintidós años. Los sueños y la fantasía no tienen lugar en el diario de Zenobia, sin embargo, pasando una mala noche en la incómoda litera de un tren cubano casi se quedó dormida cuando le pareció que tenía el hombro lleno de sangre y dolorido y en la mente confusa, aunque despierta, no sabía si era ella o Juanito. «Por la mañana —dice—, tenía los ojos inyectados, pero fue un gran alivio el llorar sin que nadie me viera ni me oyera» (14/4/38). En el viaje a una vieja ciudad colonial, que Zenobia emprendiera a raíz de las noticias de la muerte del sobrino, en contacto con la naturaleza encontró consuelo, sabiéndolo en una región de paz eterna.

No busquemos en este diario de la Guerra Civil hondas reflexiones sobre la tragedia española; pero la presencia de España es constante. En medio de la relación de las actividades diarias aparecen como breves destellos los sentimientos de exiliada de la autora. En la playa se pregunta si habrá lugares plácidos en España donde bañarse en el mar y al pasar una tarde mirando extasiada fotografías de España dice: «Había tantos álamos en las fotos que quise llorar». La procesión de Pascua le hace pensar qué resurrección tiene el futuro para España, una visita a los Claustros de Nueva York le recuerda a los de Guadalupe y le hacen sentir, misteriosamente, que no seguirá la guerra. El día que María Muñoz de Quevedo, una pianista que fue discípula de Falla y dirigía el Conservatorio Bach y la Coral de La Habana, dio una charla sobre el cante jondo ilustrada con discos, escribe Zenobia: «Es imposible decir en palabras cómo nos afectaron esas canciones, nunca la tuve tanta pena por J. R. Con mucho cuidado pretendía secarse el sudor de la cara y me di cuenta de su profundo dolor al ser transportado a Andalucía, ahora tan desesperadamente inalcanzable» (18/5/37). Pero Zenobia no cuestiona su decisión de salir de España. El 19 de octubre de 1937, reflexionando sobre el estado de Juan Ramón se dice: «J. R. está tan afectado mentalmente con la situación de España que me tiene muy preocupada. Anoche, creyendo que yo dormía se puso a hablarle a España como un triste enamorado. Una de estas noches me voy a incorporar y a contestarle. Si nos hubiéramos quedado en España se hubiera vuelto loco en tres meses».

Escuchando la voz de Zenobia la exiliada de la Guerra Civil, captamos un aspecto de su vida interna que no aparece en los datos de su biografía externa: su callada aspiración a la maternidad. Zenobia recoge dinero para enviar alimentos, ropa y equipo a España, se ocupa sobre todo de su leal sirvienta Luisa Andrés, que vela por la casa que dejaron puesta en Madrid y del fiel amigo Juan Guerrero, haciendo esfuerzos por sacarlo de España a él y a su familia (28/6/38), hallando la manera de mandarle alimentos a través de la Cámara de Comercio de España en París, o le manda una medicina por mediación del profesor inglés J. B. Trend, que ha pasado por La Habana, o le manda una remesa cuando el bombardeo de Alicante aunque se quedan sin un centavo; pero su preocupación más constante, que surge a través de breves comentarios por todo el diario es por los niños de España.

A poco de llegar a Cuba, Zenobia averigua de los representantes del gobierno español cuál es la mejor manera de utilizar los fondos de estudiantes para los niños (21/IV/37). Cuando se entera que el vapor Méxique lleno de niños refugiados anclará en La Habana camino de México hace todas las diligencias y preparativos para comprarles juguetes, subir a bordo con Juan Ramón y pasar un rato con ellos, cuidándose de que ninguno de los juguetes pueda traerles memoria de la guerra. A los tres meses de estar en Cuba, quiere ir a Francia a cuidar a los niños refugiados. En 1938 quiere hacerse enfermera práctica para ser útil a los niños en Madrid (18/11/38). Busca la manera de enviar ayuda a Luis Montagut, de la Consejería Municipal de Castellar del Valles, que se ha encargado de los niños abandonados a quienes ellos dieron albergue antes de salir de España. Les escribe, pide noticias de ellos, envía libros para los niños españoles de Francia, se cuida de firmarlos para que no Vayan a negociar con ellos. En un breve viaje para visitar a su familia en los Estados Unidos, hace encargos para los niños españoles y todavía el 22 de enero de 1939, visitando una escuela de niños en una de las provincias de la Isla de Cuba, les dice «tan sencilla y directamente como le fue posible, cómo era la guerra y les rogó trabajar por la paz desde la niñez, atacando la guerra desde sus principios, que era la mala voluntad». La ideología del diario de Zenobia durante la Guerra Civil es la de una española republicana a quien no le ciega la pasión, que se declara contra los extremos de cualquier bando, que sin estar de acuerdo con el clero, condena la campaña anticlerical en España, que le teme a la intolerancia de los viejos sistemas políticos y aún más, a que los nuevos sistemas perpetúen el abuso.

Cuando termina la guerra en 1939, Zenobia y Juan Ramón se han trasladado a Miami, que tenía poca población española en aquella época. Las noticias de la guerra escasean, sólo se habla de la agresión a Checoslovaquia; han perdido el rastro de Juan Guerrero cuya correspondencia, con la de Luisa Andrés, era uno de los vínculos más estrechos que los unía a la guerra en España. Una horrible tarjeta postal de Guerrero, recibida el 17 de mayo de 1939 y llena de elogios para los vencedores y una carta de Luisa del 24 del mismo mes cuyos silencios son más elocuentes que lo que dicen, les hace darse cuenta del peligro que conlleva la victoria. También el silencio de Zenobia en su diario al terminarse la Guerra Civil es más elocuente que lo que pudiera haber dicho. La parte más significativa y conmovedora del diario en cuanto al final de la Guerra es la del 27 de febrero de 1939. Juan Ramón acababa de dictar un llamamiento que iba a publicarse en el periódico neoyorkino La prensa, un gran diario en lengua española fundado y dirigido por el hermano de Zenobia, José Camprubí Aymar. Quería recoger fondos para los intelectuales españoles en los campos de concentración de Francia y acababan de recibir los primeros dos números del periódico que les llegaba a la nueva dirección en Florida. Al abrir uno de ellos Juan Ramón se enteró de la muerte de Antonio Machado. Ese día, Zenobia cerró con broche de oro su diario de la Guerra Civil y se juntaron todas sus voces, la de la mujer, la de la esposa, la de la ciudadana, y la de un ser humano que sabe que nada hay de más valor que la propia vida. Dice Zenobia:

... [J.R.J.] acababa de dictar su llamamiento para empezar a recoger dinero para los intelectuales españoles que sufren en los campos de concentración de Francia cuando al abrir el periódico se le hundió la cabeza de pena al leer sobre la muerte de Antonio Machado. Trató que lo invitaran a la Universidad de La Habana, pero los más jóvenes, Gaos en particular, que fue el primero en beneficiarse, no querían tener nada que ver con los mayores (solamente los de su generación) y prevaleció sobre J. R. Ahora era más grande su dolor por no haber podido ayudarle. Quizás se hubiera salvado. Pero como dice J. R.: «Ha sido una muerte noble, acorde a su vida —sobre todo física— esforzada y lastimosa». Me parece que a ratos había algo de envidia en los pensamientos de J. R. en cuanto a su muerte. Lo más probable es que J. R. estuviera muerto o completamente loco de haber seguido su suerte, pero el día en que juntó su destino al mío, cambió ese fin. Después de todo, yo soy, en parte, dueña de mi propia vida y J. R. no puede vivir la suya aparte de la mía. Y yo no acabo de ver ningún ideal que valga el arrojar una vida, pese a todo lo que se proclama. En esta empresa nuestra, yo siempre he sido Sancho.

El diario de Zenobia fue su isla espiritual, una vida interior cultivada, alimentada, es un pozo de fortaleza, la estructura interior que necesitamos para resistir las catástrofes, errores e injusticias que nos llegan de fuera.7 En el exilio, el diario de Zenobia fue su pozo de fortaleza para hacerle frente, ella y su marido, a la desde entonces inolvidable tragedia de la Guerra Civil Española.

 

 

 

 

 

 

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