Hay temas que salen una y otra vez cuando hablas con gente que tiene niños cerca. En una comida familiar, en un café rápido antes de entrar a trabajar o esperando a que salga el pequeño de clase. Siempre acaba apareciendo la misma pregunta: qué están aprendiendo en el cole y si de verdad sirve para algo. Con los idiomas pasa mucho, yo misma lo escucho todo el tiempo. Que si ahora los niños aprenden inglés antes de saber escribir bien, que si meten otro idioma más y se lían, que si esto antes no pasaba. Y al final te quedas pensando si todo esto del plurilingüismo es una moda más o si realmente tiene sentido para ellos.
La enseñanza plurilingüe está en todas partes y no parece que vaya a desaparecer. La cuestión es tan buena para los niños y en cómo se hace bien.
El auge de la educación plurilingüe
Hace unos años, con aprender inglés ya parecía suficiente. Ahora, muchos centros suman otro idioma y algunos incluso mezclan varios desde infantil.
Vivimos rodeados de idiomas todo el tiempo. Los niños ven dibujos en versión original, escuchan canciones en otros idiomas y usan juegos o aplicaciones donde el idioma cambia sin pedir permiso. Para ellos, esto ya no es raro.
Desde mi punto de vista, la enseñanza plurilingüe intenta adaptarse a esta nueva realidad. No solo para aprender el vocabulario o repetir frases, sino para que los niños crezcan en un entorno donde el idioma ya no es ni un impedimento laboral ni una barrera social. Y, cuanto antes se acostumbren a escucharlos, mucho mejor para ellos.
También hay una razón práctica: saber idiomas abre puertas. Esto lo sabemos todos, aunque suene a frase repetida. No significa que un niño tenga que salir del cole hablando cinco idiomas perfectos, pero sí que pierda el miedo. Que escuchar otra lengua no le bloquee. Eso, bien llevado, es una ventaja enorme.
El problema aparece cuando se confunde cantidad con calidad. No por meter más idiomas se aprende mejor. Aquí es donde empiezan las dudas y las críticas, muchas veces con razón.
El plurilingüismo es efectivo cuando se hace con cabeza
Los niños pequeños no tienen prejuicios con los idiomas. No piensan si lo pronuncian bien o , hablan y ya está, y eso es oro puro. Aprovechar esa etapa para introducir varios idiomas puede ser muy positivo.
Además, aprender en más de una lengua ayuda a mejorar la atención. Los niños tienen que cambiar de un idioma a otro, entender el contexto y adaptarse. Eso, sin darse cuenta, les entrena la cabeza. No es magia ni nada raro, es práctica diaria.
Otro punto importante es la comprensión cultural. Cuando un idioma se enseña bien, no va solo de palabras. Va de canciones, costumbres, formas de hablar y de pensar. Eso hace que los niños crezcan con una visión más abierta, sin verlo todo desde un solo punto.
Y luego está la seguridad. Un niño que se acostumbra desde pequeño a escuchar y usar varios idiomas suele tener menos vergüenza. Se lanza más a hablar, aunque se equivoque. Eso no solo sirve para los idiomas, sirve para todo.
Ahora bien, todo esto funciona si se hace con calma, sin presión y adaptado a su edad. Si no, el efecto puede ser justo el contrario.
Los miedos más comunes de las familias (y por qué aparecen)
Muchos padres y madres tienen miedo de que sus hijos se líen, que mezclen idiomas, que no hablen bien ninguno o que vayan más lentos. Este miedo es muy común y no sale de la nada.
Es verdad que al principio los niños mezclan palabras. Dicen una frase con términos de dos idiomas distintos, pero eso no significa que no entiendan. Al contrario, suele ser una fase normal. Con el tiempo, cada idioma va encontrando su sitio.
Otro miedo es el rendimiento académico. Hay quien piensa que si una asignatura se da en otro idioma, el niño no va a entender bien el contenido. Esto puede pasar si el nivel no está bien ajustado o si no hay apoyo. Aquí el problema no es el idioma, es cómo se enseña.
También está el cansancio: demasiados idiomas, demasiadas horas, demasiada exigencia. Los niños necesitan jugar, aburrirse y descansar. Si el plurilingüismo se convierte en una carga, deja de ser positivo.
Estos miedos se solucionan con proyectos claros, comunicación con las familias y mucho sentido común. Y, sobre todo, viendo que funciona de verdad con sus propios ojos.
El papel del colegio y de los profes en todo esto
Un buen proyecto plurilingüe depende en gran parte del centro y de los profesores. No basta con cambiar el idioma de los libros o poner carteles en la pared. Hace falta formación, coordinación y ganas.
Los profes tienen que sentirse cómodos con el idioma que enseñan. Si no, los niños lo notan. También tienen que saber adaptar el contenido, simplificar cuando hace falta y repetir sin aburrir. Esto no es fácil y requiere tiempo.
El colegio, por su parte, tiene que tener claro qué quiere y hasta dónde llega. No todos los centros pueden ni deben hacer lo mismo. Hay contextos distintos, alumnos distintos y familias distintas. Forzar un modelo porque está de moda suele acabar mal.
El colegio Madre de Dios Ikastetxea, uno de los colegios concertados de Bilbao que apuesta por la innovación educativa, nos explicaron que introducir varios idiomas tiene sentido cuando se respeta el ritmo del niño y se prioriza que entienda lo que hace. Decían algo así como que, si el idioma tapa el aprendizaje, hay que parar y ajustar. Y eso es algo a tener muy en cuenta.
Cómo afecta el plurilingüismo al día a día de los niños
Más allá de las teorías, lo importante es cómo lo viven ellos. Un niño no piensa en ventajas futuras ni en currículums, piensa en si se lo pasa bien, si entiende y si se siente seguro.
Cuando el plurilingüismo está bien integrado, forma parte de la rutina. Una canción en inglés, un cuento en otro idioma, una clase donde se usan palabras distintas… todo fluye sin presión, y el niño lo asume como algo normal.
También ayuda mucho el enfoque práctico: juegos, historias, teatro, actividades en grupo. Aprender idiomas sentados copiando palabras suele funcionar regular, sobre todo en edades pequeñas. Aquí menos libro y más uso real suele dar mejores resultados.
Eso sí, hay días malos. Días en los que no entienden nada o se frustran. Como con las mates o con aprender a atarse los cordones. Acompañar en esos momentos es clave. Quitar hierro, no presionar y recordar que aprender lleva tiempo.
El plurilingüismo no debería robarles la infancia. Si eso pasa, algo se está haciendo mal.
Los contras que no conviene ignorar
Hay que ser realista: la enseñanza plurilingüe tiene muchas ventajas, pero también algunos problemas que conviene tener claros.
Un primer punto es que no todos los colegios tienen los mismos recursos. Algunos cuentan con profes preparados y materiales pensados para enseñar idiomas de forma natural, pero otros van más justos. Cuando faltan recursos, los niños lo notan enseguida y puede ser más difícil que aprendan con ganas y sin estrés.
Otro tema importante es la desigualdad entre los niños. Algunos escuchan idiomas en casa, ven series en versión original o viajan, mientras que otros no tienen ninguna exposición extra. Si el colegio no equilibra eso y no ofrece apoyo extra a los que lo necesitan, la diferencia entre unos y otros puede aumentar. El plurilingüismo no es el problema, pero sí puede hacer que algunos avancen más rápido que otros.
También está el riesgo de ir demasiado rápido. Aprender idiomas requiere tiempo y repetición. Si se exige que los niños hablen perfecto demasiado pronto, se frustran y pierden motivación. Lo normal es que al principio mezclen palabras o frases, y eso está bien. La paciencia es clave.
Por último, la comunicación con las familias es fundamental. Si no se explica claramente qué se hace, por qué se hace y cómo se trabaja con los idiomas, pueden aparecer dudas, miedo o malentendidos.
Todo esto no quiere decir que la enseñanza plurilingüe sea mala, solo que necesita ritmo adecuado, apoyo constante y comunicación. Cuando se hace bien, los niños aprenden idiomas sin presiones y ganan confianza, que es lo más importante.
Pensar en el futuro sin olvidar el presente
Al final, cuando hablamos de niños, todo debería girar en torno a su bienestar. Pensar en su futuro está bien, pero sin hipotecar su presente. Aprender varios idiomas puede ser una herramienta muy buena si se usa con cabeza.
Yo creo que el plurilingüismo ha llegado para quedarse. No porque esté de moda, sino porque encaja con la realidad en la que crecen los niños. La clave está en cómo se aplica, no en cuántos idiomas se suman.
Escuchar a los niños, observar cómo reaccionan y no tener miedo a cambiar cosas es fundamental. No todos aprenden igual ni al mismo ritmo. Y eso está bien.
Si conseguimos que los idiomas sean algo natural, sin presión y con sentido, estaremos haciendo algo bueno por ellos. No para que sean perfectos, sino para que se sientan capaces. Y eso, al final, es lo que de verdad importa cuando hablamos de educación.





